REFLEXIONES

SOLEMNIDAD DE LA

NATIVIDAD DEL SEÑOR



"Ha aparecido
la gracia de  Dios,  
que trae  la salvación  
para todos los hombres"

 

REFLEXIÓN - 1

"OS HA NACIDO EL SALVADOR"

Hoy es el día en el que celebramos y se nos da la gran noticia, la Buena Noticia: "Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor".

Y es que estamos necesitados de buenas noticias, pues de las malas ya sabemos demasiado.

Hoy, el Señor, en el frágil niño recostado en el pesebre, se nos presenta como la definitiva Buena Noticia de Dios.

Con cuánto cariño la había preparado desde la noche de los tiempos; con cuánto empeño buscó a un hombre de fe, Abraham, para hacer de él un pueblo elegido, el pueblo depositario de la buena noticia, de sus planes de salvación.

Y nunca se olvidaría de sus promesas, aunque su querido pueblo, Israel, se prostituyese yéndose tras los dioses paganos. Siempre alentó la esperanza en su pueblo para que pasase de generación en generación la gran promesa: el Señor enviará su Mesías, será el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

Y llegado el momento oportuno, preparó a aquella que sería la madre del Hijo de Dios: María de Nazareth, la concebida sin pecado.

Y la promesa se cumplió; y "el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros"; y la Buena Noticia se ha hecho Buena Realidad.

Algunos se empeñan en que la luz de Dios no brille, están a gusto en sus tinieblas, tienen miedo a la luz, porque esa luz descubrirá sus oscuridades, hechas odios, violencias, mentiras y engaños, injusticias y opresión.

Pero a esos que buscan, viven y se aprovechan de las tinieblas, del rechazo de Dios, ; que están muy a gusto en sus vacíos negros, les decimos: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz". Una luz que no la podrán anular los millones de bombillas que adornan todas las ciudades del mundo.

Nos ha llegado un "Príncipe de la Paz". Y la Paz será el destino definitivo, a pesar de que nos empeñemos en hacer guerras y en revolver guerras pasadas . No puede haber Dios donde hay violencia; no existen guerras santas, menos en nombre de Dios, pues Dios es el Compasivo y el Misericordioso. No hay ideal, por alto que sea, que justifique la guerra y la violencia para alcanzarlo.

Llega la Buena Noticia que nos dice que Dios no está en los opresores, en los que han hecho de la autoridad una forma de oprimir, de explotar, de manipular a los demás; de los que han hecho de sus actividades un enriquecerse con el esfuerzo de los demás, sometiéndoles a trabajos forzosos y a salarios de hambre. A los que tratan a los demás como a esclavos, les decimos que Dios escucha el grito de los oprimidos.

El reinado de Dios ha irrumpido en el mundo en la pequeña aldea de Belén, patria del rey David. El reino que se le prometió y que duraría eternamente, ya está entre nosotros. Un reino de amor, de justicia, de paz y libertad; un reino en el que más importante es la fraternidad.

Ha aparecido la gracia de Dios y debemos abrirles nuestras puertas, debe pasar a nuestra casa e iluminar con su luz nuestras oscuridades. Si Él viene a nosotros, si dejamos que nos ilumine, nuestra vida tendrá que cambiar y llevar una vida "sobria, honrada y religiosa". La Navidad no se vive desde afuera, sino desde dentro.

Para algunos la Navidad no pasa de ser una fecha de calendario, una época de gastar y estar contentos por decreto y costumbre.

Para nosotros es la celebración de la Buena Noticia del nacimiento del Salvador, que nos llena de alegría, alegría que se comparte y revitaliza nuestra fe y vida cristiana.

 

REFLEXIÓN - 2

MARAVILLOSA NOCHE

Hoy, hermanos, hemos salido de casa y hemos venido aquí, a reunirnos con la comunidad, a través de la oscuridad. Nos hemos reunido de noche. Y la noche —esta maravillosa noche de Navidad— por un lado, da un encanto especial a nuestra celebración; por otro lado, nos sirve de pará­bola: es la imagen de otra clase de oscuridad. No podemos olvidar la cara oscura de la vida: la de las desgracias, las enfermedades o las privaciones materiales; la del pecado con toda su miseria moral. Estamos todos, dentro de esta pesada noche... La traemos pegada a la piel. Somos “el pueblo que caminaba en tinieblas”, acaba de decirnos el profeta Isaías.

· (Una luz les brilló)

Ahora bien, todo esto es cosa antigua y de sobras conocida. No es para repetirlo para lo que estamos aquí. La novedad es otra. La buena nueva que hoy nos reúne y pone en nuestros labios un cántico nuevo es que, desde la primera Navidad, “habitaban tierra de sombras y una luz les brilló”. “Os traigo una buena noticia”, dice el ángel a los pastores de Belén,: ”os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Es ésta la gran noticia que en esta asamblea eucarística actualizamos. Jesús es “la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba”. Dejémonos inundar ahora por esta luz. Saboreemos el gozo de sentirnos iluminados por ella. Dejemos en segundo término cualquier sentimiento de culpa o de temor o de malos augurios. “No temáis”, han sido las primeras palabras del ángel a los pastores. La luz de la Navidad es gracia que lo ilumina todo: depende de ella sola, no de nuestras sinuosidades interiores. Genera en nosotros la alegría cierta de una paz absoluta, incondicionada, porque no tiene su fundamento en nosotros, sino en un hecho maravilloso que nos trasciende: el Señor ama a los hombres.

· (Atención a los indicadores)

Ahora nos toca movernos a nosotros. El verdadero gozo de la Navidad genera dinamismo: tenemos que salir al encuentro del Señor recién llegado. No nos desorientemos: sería triste que unas fiestas navideñas equivocadas nos pusieran en la dirección contraria. ¡Atención a los indicadores! “Aquí tenéis la señal” dice el Ángel, “encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Un niño: no, por tanto, una situación de poder. Acostado en un pesebre, es decir, en una pobreza más severa que la de la mayoría de los pobres; sin el calor familiar de Nazaret... fuera del hogar humilde de José y María, ahora convertidos en unos forasteros marginados...

Es difícil concretar al detalle cómo podemos avanzar hacia las señas del Niño de Belén, desde nuestra sociedad occidental, marcada por el exceso de consumo y el delirio del bienestar. Pero es evidente que precisamos, de una u otra manera, desplazarnos, descentramos, salir de nosotros mismos y de nuestras cosas. Caminar hacia los demás, hacia los más desgraciados.... como el Señor viene hoy hacia nosotros, hacia ti y hacia mi... Este descentramiento no acaba —aunque pasa— por las buenas obras. Pide más. Sugiere otra manera de entender la vida. Pensémoslo, esta noche, a la luz del misterio de la Navidad.

· (Belén forma parte de nuestras raíces)

Nuestra participación, esta noche, en la mesa de la eucaristía, tiene un sentido de recuperación de nuestra identidad. Es así como queremos ser: fieles a nuestras raíces evangélicas. Sentimos una gratitud inmensa por todo lo que Dios hace en nosotros. La conciencia de nuestras limitaciones no nos priva de alegrarnos y de decir con María: “Ha hecho obras grandes por mí”. Nos sentimos felices porque “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (segunda lectura). Deseamos de corazón, y lo pedimos al Señor, que nuestra Iglesia, fiel al espíritu de Belén, aparezca ante los hombres y mujeres de hoy, como el pueblo de Jesús, “purificado, dedicado a las buenas obras” (segunda lectura).

JOAN CARRERA