REFLEXIONES

Cuarto Domingo
de Adviento (b)

 



"Alégrate, llena de gracia,
el Señor está contigo "
 

 

 

REFLEXIÓN - 1

LAS PROMESAS SE CUMPLEN

Una palabra que está con mucha frecuencia en boca de nuestros políticos, gobiernen o no, es: "Usted miente"

Y no sólo ellos. Hay una frase que suele decirse: la mentira repetida con constancia, acaba siendo verdad.

Mentir, no decir la verdad con intención de engañar, para buscar, las más de las veces un beneficio propio.

Se miente en la política, en los medios de comunicación social, en el mundo del comercio, se miente a padres, hijos, esposos, amigos...; se miente tantas veces, que a algunas mentiras las llamamos ya "mentiras piadosas".

También, es verdad, que en todas partes hay personas que se juegan la vida por ir con la verdad por delante. ¡Ojalá fueran la mayoría!

La Palabra de Dios de hoy nos habla del que no miente, del que es fiel y cumplidor de sus palabras y promesas: Dios.

Ya desde el principio, tras el primer pecado, hay una promesa de salvación: "Enemistades pongo entre ti y la mujer, entre su linaje y tu linaje: él te pisará la cabeza mientras tú hieras su talón" (Gn 3,15). La promesa está ahí: el mal, el pecado y la muerte, representados en la serpiente, serán vencidos.

Y el cumplimiento de la promesa va concretándose en la historia humana: Abraham será padre de un gran pueblo y por él "se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 3b), aunque en algunos momentos pareciera que la promesa estaba condenada al fracaso; los hebreos, esclavos en Egipto, experimentan la cercanía del Dios de los padres, que los libera de una esclavitud, que podría haber sido el final del pueblo y las promesas hechas. Promete una libertad, y la da; promete una tierra y la da, no sin su colaboración.

A David, hombre según el corazón de Dios. le promete una casa, una descendencia, un rey sentado en su trono con un reino que no tendrá fin.

Los planes de Dios siempre van adelante, con frecuencia por los caminos más inesperados, también por caminos de dolor, sufrimiento y pecado.

Cuántas personas, en los momentos más duros de su vida, se han encontrado con el Dios que salva; cuántas personas, hundidas en su pecado, se han agarrado a Dios como a tabla que los salva de un naufragio seguro.

Dios nos dijo que estaría siempre ahí, a nuestro lado, caminando junto a nosotros, de día y de noche, como lo hacía con los hebreos en el desierto.

Nosotros podemos olvidarnos de su presencia, podemos libremente rechazarlo, tal vez ni siquiera sabemos que viene con nosotros; pero Él está ahí, nos respeta y es fiel.

Y aquella promesa que comenzó en el paraíso, que se concretó en Abraham y de la que su pueblo fue depositario, llegó a su cumplimiento en el momento oportuno.

El ángel Gabriel le anuncia a María de Nazareth que todo aquello que Dios había prometido, se iba a cumplir: Dios enviaba al Mesías, al Salvador.

El va a ser el descendiente prometido a David, que se sentaría en el trono y su reino no tendría fin. Será el Hijo de Dios, del Altísimo, no en sentido figurado, como se les solía llamar a los reyes en su consagración, sino realmente. Por eso, aunque ella sea virgen, aunque no conozca barón, dará a luz un hijo, por obra del Espíritu Santo.

Muchas veces, cuando se estudia la historia universal, vemos que se resalta a los poderosos: sus vidas, sus intrigas, sus guerras, destrucciones, muertes...; cuando los medios de comunicación social analizan el día a día, lo que más abunda es lo negativo.

Sin embargo, aunque no se destaque, hay más personas que hacen el bien que las que hacen el mal. Y es que Dios no es de relumbrón, de fogonazo, de pantalla televisiva.

Sencilla y calladamente va realizando sus planes: en la humildad del "sí" de María, en la vida de su Hijo, conocido por el "hijo del carpintero", en tantas y tantas personas que, callada y solidariamente, van por el mundo haciendo el bien.

Aunque las apariencias quieran decir lo contrario, Dios cumple. Dios actúa a través de las personas buenas y un día todo llegará a su plenitud.

No perdamos la fe en Dios, ni la esperanza. Él es fiel, cumple y no miente.

 

 

REFLEXIÓN - 2

DIOS TE SALVE, MARÍA

La escena de la anunciación, redactada con notables ecos de pasajes del A.T., tiene una gran intensidad teológica y subraya aspectos importantes de la obra salvadora de Dios. María es de Nazaret, un pueblo irrelevante de la región alejada y cosmopolita de Galilea. Allí recibe la llamada. El saludo del ángel hace notar dos cosas: que es Dios quien actúa, y lo hace lleno de magnanimidad ("llena de gracia" se podría traducir: "tú que has sido llenada de gracia"), y que tiene un encargo importante para María ("el Señor está contigo" quiere decir "el Señor está contigo para una determinada misión"). La segunda salutación ("No temas...") viene a reafirmar esta misma idea.

Después viene el mensaje, dicho con términos absolutos, sin posibilidades de réplica: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo...". Realmente, Dios tiene muy claro que quiere realizar su salvación a través de María. Y las características y títulos que se afirman de aquel hijo corroboran este carácter de presencia fuerte y decisiva del Dios que viene a salvar: son todos ellos títulos que en el AT afirman esta presencia salvadora de Dios. La objeción de María ("¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?"), no encaja con el hecho de estar desposada con José. Quizá María imagina una concepción inmediata, y en aquella época por ley tenía que pasar un tiempo entre los esponsales y la vida marital en común. Seguramente es mejor no intentar precisar históricamente la escena. Se trata de subrayar que allí se realiza una obra poderosa de Dios que va más allá de lo que es habitual y normal en la vida humana. Y de hecho, la respuesta del ángel a la objeción utiliza un lenguaje de acción escatológica ("el Espíritu Santo vendrá... la fuerza del Altísimo te cubrirá...") que muestra como, en aquel momento, Dios está iniciando los últimos tiempos: los tiempos de su fuerza y su actuación definitiva en la humanidad. La referencia a Isabel muestra también como esta fuerza de Dios se concreta en la salvación cotidiana, en favor de los débiles.

María cierra la escena con unas palabras que son paradigma de la actitud del creyente: disponerse confiadamente a ser instrumento de la acción de Dios (y eso es la fe que salva, como dirá después Isabel: Lc 1,45).

 

REFLEXIÓN - 3

DIOS TAMBIÉN SABE ARRIESGAR

Cuando de amor se trata, a Dios le gusta tomar la delantera. Él es quien da el primer paso  para el encuentro; y no le faltan recursos, a la hora de la crisis, para buscar caminos que lo  salven todo, que a nadie dejen sin su oportunidad. Por eso, cuando el hombre cometió la  torpeza de pecar, Dios no paró hasta encontrar un camino que enderezase tanto entuerto; y  -más difícil todavía- descubrió la manera de hacerlo sin tener que estropear el invento  maravilloso que había provocado tanto desastre: la libertad.

Fue una iniciativa arriesgada. Para no salvar desde arriba, cómodamente instalado en su  verdad indiscutible y en su bondad sin sombra, Dios decide echarle imaginación al asunto. Y  se mete, indefenso, en nuestro tiempo, en nuestro pequeño mundo, en la limitación de  nuestra carne.

Arriesgándolo todo: corriendo el riesgo de que no le abriésemos la puerta -María se  encargó de hacerlo-; y el riesgo de que no lo reconociéramos -como de hecho ocurrió-; y el  riesgo de que no nos dejásemos salvar... Son las cosas del amor. Añadir disparate al  disparate. Saltarse a la torera los cálculos, las leyes, los derechos. Salir al encuentro del que  se fue lejos. Buscar la oveja que se perdió. Fracasar, como la semilla, para que haya vida  mañana. Dejarse quemar para dar luz. Morir para dar sabor... Cosas del amor.

Y tiene la delicadeza de preguntar a una joven sencilla y pura que si quiere ser su Madre.  Y en ese clima maravilloso -absurdo, dirán algunos- de un dueño pidiendo permiso, de la  eternidad dejándose atrapar por el tiempo, de quien todo lo puede llamando a una puerta, de  quien lo sabe todo dando explicaciones... se produce el milagro. María da su "sí" a algo que  tardará en comprender, y que acabará trayendo cola. Y Dios toma carne, y tiempo, y  posibilidad de sufrir, y de morir, en el vientre purísimo de una muchacha de Galilea.

Así empieza la otra mitad de la historia del hombre; la mitad más limpia, más llena de  esperanza. «El misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora».  Se abren para nosotros unas reservas insospechadas de caminos de salvación. Dios, con su  sabiduría, su poder y su cariño, ha hecho posible lo imposible. Y en los labios, casi apagados  ya, de los hombres ha vuelto a encenderse la sonrisa.

Casi a las puertas ya de la Navidad, en este cuarto domingo de la espera, asistimos en  silencio a estos misterios que se fraguan. Muy grande tiene que ser un amor que tanto afina.  Muy ciegos tendríamos que estar para no ver esa luz, tan grande, que se nos entra por la  puerta abierta de María.

JORGE GUILLEN GARCIA

(mercaba)